24/10/2018

Política

Reflexión

Ecos del Día de la Madre

Hace días que no puedo sacarme de la cabeza a Claudia, esa joven mujer boliviana que se arriesgó a cruzar la frontera argentina en remis con un kilo de cocaína en el doble fondo de dos valijas para poder pagar el tratamiento oncológico de su hijo, de 13 años, y terminó presa en el penal de General Güemes, en Salta. (Por Mariana Carbajal – Página 12)
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Por: Página 12

Hace días que no puedo sacarme de la cabeza a Claudia, esa joven mujer boliviana que se arriesgó a cruzar la frontera argentina en remis con un kilo de cocaína en el doble fondo de dos valijas para poder pagar el tratamiento oncológico de su hijo, de 13 años, y terminó presa en el penal de General Güemes, en Salta.

Lejos de su hijo, que entró en una fase terminal de su enfermedad y al que le tuvieron que amputar una pierna, donde el tumor crecía irremediablemente, al tiempo que el cáncer se expandía por otros órganos, sin piedad. Recién hace diez días, cuando Fernando ya se estaba apagando y, según contó su médica, no quería morirse hasta ver a su mama, el juez federal de Salta Ernesto Hansen la habilitó a viajar por apenas 30 días. Para despedirse. Fernando murió el viernes, seguramente en sus brazos.

El juez a lo largo del proceso mostró tan poca piedad como el cáncer.

A la misma edad que el hijo de Claudia, mi hijo también tuvo cáncer. No en un hueso, en la sangre, leucemia linfoblástica aguda tipo B –aprendí rápidamente el nombre completo lamiéndome las lágrimas—. Y si no hubiera tenido la posibilidad de que accediera al tratamiento que necesitaba –porque tengo una prepaga, y porque si no la tenía, acá, los hospitales públicos son gratuitos y garantizan el mismo tratamiento—, seguramente hubiera pensado en transportar drogas ilícitas si hubiese sido necesario para juntar dinero para darle la mejor atención. Pero vivo en Argentina, con un sistema de salud que se destaca en Latinoamérica, pero que está en riesgo por el ajuste que pretende imponer el Gobierno.

Mi hijo superó la enfermedad y está terminando el secundario. Lo atendió un equipo médico –excelente-- que trabaja en el sector privado y al mismo tiempo, en el público.

No puedo dejar de pensar en Claudia y en su hijo. Pienso en ellxs y lloro.

El caso lo reveló Infobae y al verse escrachado en las noticias, el juez Hansen firmó la resolución. Antes la defensa oficial había pedido el sobreseimiento y también la excarcelación de Claudia, pero la Justicia hizo oídos sordos. Ninguna empatía. Claudia no era peligrosa. Había transportado una sustancia que se considera prohibida en la desesperación. Pero no hacía mal a nadie. Fue una estrategia de supervivencia. Con lo que ganaba limpiando casas no le alcanzaba para darle el tratamiento a su hijo. Ella pensó, creyó, que iba y volvía. Los narcos que le dieron la cocaína y que iban a hacer la gran ganancia con la entrega en Buenos Aires, le dijeron, imagino, que iba a ser fácil. Pero cuando la agarró la Gendarmería ninguno la ayudó.

¿Por qué la Justicia y la Gendarmería no persiguen a los grandes narcos? Siempre cortan por lo más delgado, las mujeres de sectores más vulnerables, convertidas en correos humanos, para juntar unos pesos, para darles comida, educación y en este caso, salud, a sus hijos. De ellas están pobladas las cárceles en Argentina y otros países de Latinoamérica. Claudia dejó otros dos hijos en Santa Cruz de la Sierra, viajó embarazada de dos meses, y tuvo al cuarto, una niña, en cautiverio.

¿Dónde están los grandes narcos presos? Pocos. Casi ninguno. ¿Y los que los protegen, desde la política, la Justicia, las fuerzas de seguridad?

Pero claro, Claudia, que llevaba un kilo de cocaína para poder pagarle la quimioterapia a su hijo con cáncer resultó tan peligrosa que la metieron en una celda para cumplir la pena –que la ley dice que no es excarcelable porque el mínimo es de 4 años--, y ahí está otro de los problemas, porque las que son perseguidas son ellas, las llamadas vulgarmente mulas, y los demás eslabones de la cadena narco, impunes.

No puedo sacarme de la cabeza a Claudia, que pensó que se iba por unos días y volvía a abrazar a su hijo gravemente enfermo, para poder darle el tratamiento que lo curara. Y no pudo volver, hasta ahora. Claudia estaba presa desde el 27 de octubre de 2017.

El destino final de la cocaína era Buenos Aires, donde le iban a pagar 500 dólares. "Lo hice porque estaba desesperada. Yo no tenía recursos. Tuve que hacer esto para poder curar a mi hijito pero todo salió mal y me quedé aquí y mi mamá lo estuvo llevando (al médico) pero se empeoró y le amputaron", le relató entre sollozos al periodista de Infobae Fernando Soriano, que sacó a la luz el dramático caso. “Su llanto –dice el periodista-- retumba y se convierte en eco en el vacío helado del mundo carcelario.”

Claudia seguirá imputada y va camino a juicio por el delito de transporte de estupefacientes. Tiene que volver a la cárcel en Salta. Lejos de Santa Cruz de la Sierra, donde quedarán sus hijxs, y Fernando, enterrado. Su procesamiento, sin prisión preventiva fue confirmado en segunda instancia.

Algo está mal, muy mal, para que existan historias como esta. Y no la estamos viendo en Netflix, es real: una salud que no es gratuita y accesible en un país donde la pobreza abunda, una ley de estupefacientes que no permite la excarcelación en delitos menos graves, una Justicia que no es empática con el dolor ajeno, la enorme desigualdad que atraviesa Latinoamérica.

En Argentina, los ricos cada vez más ricos, los pobres cada vez más pobres. Y cada vez más pobres.

Leo que el presupuesto que envió el Gobierno de Mauricio Macri al Congreso tiene enormes recortes en Salud. Y también lloro. ¿Hacia dónde vamos?

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